—¡No voy a dejar que lo hagas!
Mateo golpeó la mesa llena de monitores con el puño cerrado. El sonido del metal vibrando llenó el pequeño piso franco de Vallecas.
—Tenemos pasaportes —dijo, girándose hacia mí con los ojos brillantes de desesperación—. Tengo identidades falsas preparadas. Podemos irnos a Tánger esta misma noche. Desaparecer. Empezar de cero.
Estaba paseando de un lado a otro como un animal enjaulado, sudando, con la chaqueta de cuero tirada en el suelo junto a mi vestido de alta