Capítulo 44

Bajé las escaleras del edificio en ruinas con la cabeza alta, aunque mis piernas temblaban bajo el vestido de fiesta rasgado y sucio.

El aire frío de la madrugada me golpeó la cara al salir al portal.

La calle estaba desierta de vida civil. No había peatones, ni tráfico. Solo un muro de acero negro.

Tres SUVs blindados bloqueaban la calzada, sus motores en marcha emitiendo un ronroneo bajo y amenazante.

Lorenzo Castillo me esperaba apoyado en la puerta abierta de su Mercedes.

No llevaba abrigo.
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