La despedida de soltera que Lorenzo había autorizado no era una fiesta; era una vigilancia con champán caro.
Estaba sentada en el reservado VIP de Kapital, rodeada de esposas de inversores y socias corporativas que Lorenzo consideraba "seguras". Mujeres con sonrisas de botox y conversaciones vacías sobre reformas de yates.
Bebí un sorbo de Moët tibio, sintiendo el peso del collar de diamantes en mi garganta. Incluso aquí, entre el humo y la música techno, llevaba puesta mi correa.
Miré hacia la