Lorenzo salió del baño como un huracán.
Estaba empapado, furioso y sexualmente frustrado. Lo oí dar un portazo en su vestidor y, minutos después, el sonido de sus pasos pesados abandonando la suite.
Me quedé sola en la ducha de cristal, temblando bajo el agua que empezaba a enfriarse, con una sonrisa de victoria en los labios. Lo había roto. Había encontrado la grieta en su armadura de hielo.
Salí, me sequé rápidamente y me envolví en una de las batas de seda que ahora eran mi único uniforme.
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