La cena tenía la atmósfera de un funeral de estado.
La mesa larga del comedor principal estaba servida solo para dos, pero nos habían sentado en extremos opuestos. Doce metros de caoba y candelabros de plata nos separaban.
El servicio se movía como espectros, llenando copas y retirando platos que apenas habíamos tocado.
Lorenzo estaba al final de la mesa, bebiendo un vino tinto que parecía sangre negra a la luz de las velas.
Me observaba con esa calma nueva y aterradora que había adoptado desde