El sonido de martillos y taladros había cesado hacía horas, pero el polvo en el aire aún flotaba cuando Lorenzo me permitió entrar de nuevo en mi propia suite.
Me detuve en el umbral del baño, paralizada.
El mármol italiano que antes cubría las paredes de la ducha había desaparecido. En su lugar, había paneles de cristal templado de suelo a techo. Transparente. Absoluta, obscena y cruelmente transparente.
La ducha ya no era un refugio. Era una vitrina.
—Por tu seguridad —dijo Lorenzo detrás de