El silencio me despertó.
No era el silencio tranquilo de un domingo por la mañana. Era un silencio denso, artificial, hermético.
Me incorporé en la cama king size, con la cabeza palpitante por los restos de adrenalina de la noche anterior.
Miré a mi alrededor. Estaba en la suite principal. La habitación de Lorenzo. Las persianas blindadas seguían bajadas, sumiendo el espacio en una penumbra eterna.
Salté de la cama, ignorando mi desnudez, y corrí hacia la puerta doble.
Agarré el pomo dorado. B