Doce horas.
Llevaba doce horas desconectada del mundo. Para una CEO, eso era equivalente a que le cortaran el oxígeno.
No sabía si mis acciones habían caído, si la policía estaba abajo o si Mateo había quemado el yate.
Caminé por la suite como una leona enjaulada, con la bata de seda negra ondeando a mi alrededor.
Miré por la ventana blindada. El jardín estaba oscuro y silencioso.
Necesitaba una conexión. Necesitaba enviar una señal de humo digital. Y solo había una persona en esta casa con la