Lorenzo no esperó a que el escándalo se enfriara.
Me agarró de la muñeca con una fuerza que prometía hematomas y me sacó de la cubierta de popa.
Pasamos entre los invitados petrificados, dejando atrás a un Alejandro destrozado y a un público hambriento de chismes.
Bajamos las escaleras hacia el nivel inferior, donde se encontraba el camarote principal.
El pasillo estaba desierto, pero la acústica del barco era traicionera. Cada paso resonaba en el metal y la madera.
Lorenzo abrió la puerta de s