El regreso a tierra firme fue silencioso.
Apenas el Imperio atracó en Valencia, tomé un coche privado directo a mi ático en Madrid. Necesitaba distancia.
Pero sabía que él vendría.
A las dos de la mañana, el timbre sonó.
Abrí la puerta. Alejandro estaba allí, empapado por una lluvia repentina, con los ojos rojos y el alma arrastrando por el suelo.
—Elena... —su voz se quebró.
Se dejó caer de rodillas en mi umbral, sin que yo se lo pidiera.
—Perdóname. Por favor. Lo del barco... fui un estúpido