El sol del Mediterráneo caía a plomo sobre la cubierta del Imperio, derritiendo el hielo de los cócteles y las inhibiciones de los invitados.
Me tumbé en una de las camas balinesas de popa, boca abajo. Mi bikini negro apenas cubría nada, y la red dorada que llevaba encima brillaba como escamas bajo la luz.
A mi alrededor, la élite financiera de Europa bebía champán y fingía que no se odiaban entre sí.
Cerré los ojos, sintiendo el calor en la piel. Sabía que me miraban. Era parte del plan.
—Te v