La invitación llegó en una bandeja de plata, literalmente.
El mayordomo la dejó sobre la mesa del desayuno, justo entre mi café y el silencio hostil de Lorenzo. Era una cartulina gruesa, color crema, con letras doradas en relieve.
Fiesta Anual del Solsticio. Yate Imperio. Puerto de Valencia. Zarpa: Viernes, 18:00h.
El yate. La joya flotante de los Castillo. El mismo yate que Mateo y yo planeábamos hundir legalmente.
—Es obligatorio —dijo Lorenzo sin levantar la vista de su periódico financiero—. Todos los socios clave estarán allí. Y tú eres la atracción principal de este año.
—¿Atracción principal? —pregunté, tomando la tarjeta—. Suena a que vas a exhibirme en una jaula.
Lorenzo bajó el periódico. Sus ojos recorrieron mi bata de seda con una familiaridad posesiva.
—No necesito una jaula, Elena. Ya vives en una. El barco es solo... un cambio de escenario. Asegúrate de llevar ropa adecuada. Nada de trajes de oficina. Quiero que brilles.
Mi habitación en la mansión Castillo era una fort