—Ni se te ocurra —siseé, empujando a Lorenzo con ambas manos en su pecho desnudo.
Él se rió, un sonido bajo que vibró contra mis palmas. Disfrutaba de mi pánico. Para él, esto era solo una extensión del juego de poder.
—Dile que entre —repitió, mordiendo mi labio inferior—. Que vea quién es el dueño de la casa.
—Entra en el maldito baño —ordené, clavando mis uñas en sus pectorales—. O juro por Dios que le digo a la policía dónde escondes los libros de contabilidad negra.
La amenaza funcionó, o