Lorenzo no se detuvo en el umbral. Avanzó hacia mí con la calma depredadora de quien entra en su propio corral.
—Te dije que esta noche inaugurábamos la convivencia —repitió, desabrochando el último botón de su camisa negra. La tela de seda cayó al suelo, revelando un torso ancho, bronceado y marcado por músculos que un hombre de su edad no debería tener.
Retrocedí hasta que mis piernas chocaron contra el borde del colchón.
—Fuera de mi habitación, Lorenzo.
—Error —dijo, dando otro paso. Su presencia llenaba el espacio, consumiendo el aire—. Esta es mi casa. Esta es la Suite Azul, que técnicamente es una extensión de mi dormitorio. Y tú... tú eres mi asistente personal con residencia obligatoria.
—El contrato dice "consultoría", no "prostitución".
Lorenzo soltó una risa baja y ronca.
—El contrato dice que haces lo que yo diga para no pudrirte en una celda de tres por tres con asesinas reales.
Se lanzó sobre mí antes de que pudiera procesar su movimiento.
Fue rápido, brutalmente eficie