Lorenzo no se detuvo en el umbral. Avanzó hacia mí con la calma depredadora de quien entra en su propio corral.
—Te dije que esta noche inaugurábamos la convivencia —repitió, desabrochando el último botón de su camisa negra. La tela de seda cayó al suelo, revelando un torso ancho, bronceado y marcado por músculos que un hombre de su edad no debería tener.
Retrocedí hasta que mis piernas chocaron contra el borde del colchón.
—Fuera de mi habitación, Lorenzo.
—Error —dijo, dando otro paso. Su pre