El restaurante Nox no tenía ventanas. Era una caverna de diseño en el sótano de un edificio industrial, iluminada solo por velas y luces ámbar tenues.
Alejandro entró, mirando a su alrededor con curiosidad nerviosa.
—Es... diferente —dijo, ajustándose el nudo de la corbata—. Esperaba el Ritz o el Horcher.
—Lo predecible es aburrido, Alejandro. Y esta noche vamos a romper viejos hábitos.
El maitre nos llevó a una mesa en una esquina, lo suficientemente apartada para tener intimidad, lo suficient