Lorenzo me interceptó antes de que pudiera llegar a la seguridad de la sala de juntas.
Me bloqueó el paso en el pasillo privado, lejos de las cámaras y de los ojos curiosos de los empleados.
—Creí que habíamos llegado a un acuerdo —dijo, su voz baja y peligrosa.
—Los acuerdos se renegocian, Lorenzo.
Intenté rodearlo, pero él sacó una pequeña caja de terciopelo negro de su bolsillo. Parecía un estuche de joyería.
Me la puso en la mano.
—Ábrela.
Lo hice. En el interior, sobre el satén blanco, des