Lorenzo me interceptó antes de que pudiera llegar a la seguridad de la sala de juntas.
Me bloqueó el paso en el pasillo privado, lejos de las cámaras y de los ojos curiosos de los empleados.
—Creí que habíamos llegado a un acuerdo —dijo, su voz baja y peligrosa.
—Los acuerdos se renegocian, Lorenzo.
Intenté rodearlo, pero él sacó una pequeña caja de terciopelo negro de su bolsillo. Parecía un estuche de joyería.
Me la puso en la mano.
—Ábrela.
Lo hice. En el interior, sobre el satén blanco, descansaba un huevo vibrador de silicona negra. Pequeño, discreto y aterrador.
Me quedé helada.
—¿Qué es esto?
—Tu correa —respondió Lorenzo, sacando un pequeño mando a distancia plateado de su otro bolsillo—. Te fuiste con mi enemigo. Dejaste que te marcara. Ahora, yo voy a recordarte a quién perteneces durante toda la reunión de fusión.
Cerré la caja de golpe.
—Estás loco. Tengo que presentar el informe financiero en diez minutos.
—Exacto.
Se acercó a mí, invadiendo mi espacio hasta que su alient