El Aston Martin negro mate estaba aparcado en la esquina más oscura del parking subterráneo, con el motor encendido rugiendo como una bestia enjaulada.
Abrí la puerta del copiloto y me dejé caer en el asiento de cuero bajo.
—Llegas tarde —dijo Mateo sin mirarme. Sus manos apretaban el volante con fuerza, los nudillos blancos contrastando con los tatuajes que asomaban por sus puños.
—El espionaje corporativo toma tiempo, Vega.
Saqué el pendrive de mi escote. El metal estaba tibio por el contacto