El cuarto del pánico era un ataúd de lujo. Tres metros cuadrados de hormigón reforzado, filtros de aire y silencio.
Me senté frente a la consola de seguridad, con Leonardo apretado contra mi pecho.
El bebé lloraba suavemente, contagiado por mi pulso acelerado, pero yo no podía consolarlo.
Mis ojos estaban pegados a las dos pantallas que iluminaban la oscuridad.
En la pantalla izquierda: El exterior. La cámara de seguridad de la biblioteca mostraba a Lorenzo.
Ya no golpeaba la puerta. Se había d