Capítulo 134

—Me estoy asfixiando, Lorenzo.

Estábamos desayunando en la terraza. El sol de la mañana iluminaba el jardín, donde dos mercenarios armados paseaban con perros pastores. La imagen de la seguridad perfecta. La imagen de mi cárcel.

Lorenzo dejó su café. Me miró con esa paciencia condescendiente que reservaba para mis "episodios hormonales".

—Tienes todo lo que necesitas aquí, Elena. El bebé está cuidado. Tú estás cuidada.

—Tengo un techo de oro que se me cae encima —repliqué, golpeando la mesa con
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