Me refugié en mi habitación, intentando ignorar el nudo en el estómago que me provocaba mi propia orden.
Había enviado a Alejandro a cazar. Y Alejandro, en su estado actual, no distinguía entre espantar a la presa y matarla.
Me senté en el diván, con un libro que no leía, escuchando los sonidos de la casa. Oía los pasos pesados de la señorita Helga en el piso de arriba, patrullando el pasillo de la guardería como un gendarme.
Y entonces, oí el grito.
No fue un grito largo. Fue corto, agudo, seg