Las sirenas azules iluminaron el vestíbulo de la mansión Castillo como una discoteca de pesadilla.
Seis agentes del Grupo Especial de Operaciones entraron con escudos y armas largas.
Me encontraron en el suelo, sollozando histéricamente (una actuación digna de un Oscar), con las manos protegiendo mi vientre.
Mateo estaba a mi lado, fingiendo ser el protector preocupado, aunque su Glock había desaparecido mágicamente bajo un sofá.
Lorenzo seguía de pie en la escalera, con la escopeta en la mano