La noche envolvía la mansión Morales como un manto de terciopelo negro, el viento salino susurrando secretos oscuros contra los muros de piedra. En el umbral, Valeria temblaba, no por el frío que lamía su piel, sino por la tormenta de emociones que rugía en su interior. Sus ojos almendrados, encendidos con un desafío feroz, se clavaron en Luis Morales, cuya figura imponente bloqueaba la entrada, sus ojos oscuros brillando como brasas en la penumbra. Diego, a su lado, era un faro de calor, su al