La noche envolvía la mansión de Coral Gables como un sudario de terciopelo negro, las luces de los candelabros destellando como brasas en la penumbra. Dentro, Luis Morales recorría su despacho con pasos deliberados, el suelo de ébano pulido reflejando su silueta como un espejo oscuro. El aire olía a cuero viejo y a la mordida acre del whisky que vertía en un vaso de cristal tallado. Sus dedos, tensos como cuerdas de arco, apretaban el borde de la mesa, mientras su mente hervía con la imagen de