El bar La Brisa, a una hora de Miami, destilaba un aroma a madera pulida y sal marina, con el murmullo del océano colándose por las ventanas abiertas. Las luces ámbar bañaban las mesas de caoba, proyectando sombras danzantes sobre el rostro de Valeria, que aguardaba con los dedos entrelazados, el corazón latiendo como un tambor en su pecho. Su vestido negro, ceñido como una caricia, delineaba sus curvas bajo la penumbra, y sus ojos almendrados brillaban con un torbellino de ansiedad y anhelo. D