El crepúsculo derramaba un resplandor carmesí sobre Miami, tiñendo las ventanas de la mansión Morales con un fulgor que parecía presagiar sangre. En el comedor, la mesa de roble estaba iluminada por velas titilantes, su luz danzando sobre los rostros de Valeria, Sofía y Gabriel, que reían mientras enrollaban espaguetis en sus tenedores. Valeria, envuelta en una blusa de seda color marfil que se adhería suavemente a su figura, cortaba con precisión quirúrgica un trozo de pan para Sofía, sus mano