El crepúsculo envolvía la finca de equitación en un manto de oro líquido, el aroma a hierba fresca y jazmín silvestre flotando como un susurro en el aire. Diego Rivera, su figura esculpida enfundada en un traje de lino blanco que parecía beber la luz del ocaso, se erguía entre la multitud como un faro solitario. Su corazón latía con un anhelo feroz, cada latido un grito mudo por Valeria Cruz, la mujer que había perseguido durante cuatro años a través de un laberinto de sombras. La gala, con su