La mansión de los Morales, se alzaba como un refugio de piedra y vidrio, sus contornos suavizados por la luz crepuscular. Tras semanas de reformas, el aire olía a barniz fresco y a eucalipto, un contraste que no lograba calmar el torbellino en el alma de Valeria Cruz. Al entrar, con Sofía y Gabriel correteando a su lado, sus risas resonando como guirnaldas en el vestíbulo, sintió el peso de su vida asentarse como un velo. La niñera, una mujer de mirada gentil y manos acogedoras, los recibió con