El crepúsculo se desvanecía, devorado por la noche, y la finca de equitación vibraba con el murmullo de la gala. Las luces de las antorchas titilaban como ojos vigilantes, proyectando sombras danzantes sobre los rostros de la multitud. Diego Rivera, su figura tensa como un arco a punto de romperse, permanecía al borde de la tarima, los guardias de Luis Morales flanqueándolo con una presencia que pesaba como cadenas invisibles. Su mirada seguía fija en Valeria Cruz, cuya silueta en el escenario,