Claudia, con el rostro rojo de furia y los dientes apretados de pura envidia, estrelló su puño contra la camilla, como si fuera culpa del colchón mugriento su desgracia.
—¡Esto es una broma, una maldita broma de mal gusto! —escupió, mirando alrededor con desprecio—. ¡¿Y esta es la habitación que me asignan a mí?! ¿¡Compartida!? ¡Con olor a sopa fría y gente tosiendo como si se fueran a morir esta noche!
Leo, sentado frente a ella en una silla de plástico sin respaldo —más incómoda que sus propi