La luna no huyo de su alfa.
El rey quedó embobado, sonriendo como un adolescente enamorado.
—Esposo tonto —replicó Scarlet con descaro, llevándose un dedo a la marca de su mordida—. ¿Cómo pudiste pensar que te dejaría? Eres mío. Y, además… me debes una mordida, ¿recuerdas?
La multitud estalló en exclamaciones y risitas.
Derek, sin poder contenerse, estampó un beso reverente en la frente de su lunita.
—Empecemos, amada mía. —Susurró, entrelazando con firmeza la mano de ella en la suya.
Scarlet, triunfante, aprovechó el in