La amenaza más deliciosa.
Al llegar a casa, Scarlet no podía quitarse esa espina clavada en el pecho. Una inquietud le revoloteaba la cabeza como mosca molesta.
«¿Y si Derek molesto por lo que le pregunté a Zhana mandó a Lioran a traerme sola?». Caminaba de un lado al otro en el gran salón, como leona enjaulada, mientras murmuraba entre dientes:
—Claro... ¿a quién le va a gustar que lo consideren un hombre bestia? ¡Es un insulto!
Las dos lobas que la acompañaban —y que simulaban ser sirvientas cuando, en realidad, su ve