Éxtasis y fuego.
Derek se agachó hasta quedar a la altura de su lunita pelirroja, y con uno de sus brazos fuertes pasó por debajo de su glúteo, levantándola con una facilidad insultante, como si Scarlet no pesara ni el ego de un mosquito.
Scarlet, sonriente y con las mejillas sonrojadas, se aferró a su cuello mientras lo miraba a los ojos, hipnotizada por ese brillo salvaje que se le escapaba entre las pestañas.
—¿Y ahora qué, señor salvaje? ¿Piensas cargarme hasta que me derrita como gelatina? —murmuró ella, r