Juego de posesión.
El supremo la levantó con facilidad, obligándola a enroscar las piernas alrededor de su cintura. La pared crujió con el golpe seco de su espalda. El contacto de sus cuerpos era abrasador; cada movimiento suyo la dejaba más atrapada.
—Si me odias… —dijo, con un tono que era casi un gruñido—, demuéstralo. Golpéame, muérdeme… pero no finjas.
Ella lo miró, y por primera vez él le sostuvo la mirada, pero a ver solo vacío en ella la desarmó.
—Derek… yo… —Su frase se ahogó cuando él bajó la cabeza y a