El alfa no se doblega.
Tan pronto el auto en el que iba Derek se detuvo frente al edificio de reuniones diplomáticas de la manada, él se desmontó de un salto, visiblemente agitado.
La tensión en el lugar se sentía en el aire como un zumbido eléctrico. Reiden lo esperaba en la entrada, con el ceño fruncido y una rigidez que no era habitual en él.
El edificio estaba fuertemente custodiado por los mejores soldados de la manada: imponentes, firmes, dispuestos a morir por su alfa. Pero, aun así… Reiden sabía que los seres