Mi luna, aunque humana.

Scarlet se quedó sin aliento al ver que la recién llegada, sin pensarlo dos veces, se lanzó hacia Derek y le plantó un beso en la mejilla.

Él, con una expresión de asco inmediato, se apartó bruscamente y se limpió la piel con el dorso de la mano.

—¡Selene, compórtate! —gruñó, visiblemente incómodo.

Ella puso gesto dramático, como si la hubieran apuñalado en el corazón.

—¡Dios, cómo puedes ser tan cruel conmigo! —se lamentó con teatralidad—. Pasé meses cumpliendo con mi deber de luna. ¡Meses, Derek! No sabes cuánto sufrí pensando que no te vería jamás.

—Ya no debes sufrir, no moriré.

—Eso me alegra mucho, mi supremo, pero ya que estás tan bien, ahora debo quejarme por tu trato. Hice un trabajo impecable en las manadas europeas: cerré negocios, apoyé a mujeres emprendedoras, impulsé la economía, motivé a las chicas a aprender nuevas cosas… ¡y ni siquiera tuviste la decencia de ir a recibirme al aeropuerto! ¡Ni tu jet privado mandaste! ¿Sabes lo humillante que es viajar en un avión come
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