Encerrada con el lobo.
—No me entrego como estúpida a un hombre para que tenga poder sobre mí —prosiguió ella como si él no hubiera hablado—. Yo tengo poder sobre ellos, yo mando, porque nadie me dirá cómo se supone que deben vivir las mujeres. Si quiero follar, follo; si quiero estar sola, también. No tengo dramas en mi vida, y si no te gusta, no me interesa si piensas que soy una puta.
—Pues a mí me importa lo que seas. Mi mujer debe ser solo mía, y todos deben saberlo. No te permitiré que me conviertas en un hazmerreír delante de mi gente.
—Pues déjate de tonterías y haz lo que se supone que hacen los hombres, querido lobito. Porque no estoy acostumbrada a quedarme esperando si tengo ganas.
Reiden enfureció ante el desafío explícito de que buscaría a otro hombre, y la tomó por el cuello, conteniendo su furia para que una sola uña se alargara puntiaguda en su dedo índice.
Zhana sintió que su frente ardía mientras él la tocaba.
—¡¿Qué me estás haciendo?! ¡AYYY!
Reiden se levantó y la miró con los ojos bril