Mundo ficciónIniciar sesiónUno es conocido por todos en la ciudad. El otro es "nadie". Uno tiene su propio chófer. El otro apenas puede juntar dinero para un pasaje en autobús. Uno vive rodeado de lujos. El otro apenas sobrevive. Dos mundos distintos, divididos por clases sociales. Dos personas que ignoran la existencia de la otra. Hasta que un encuentro inesperado los obliga a cruzar caminos. Lo que comienza como un choque entre dos realidades opuestas pronto se convierte en algo mucho más peligroso: la necesidad de ser vistos, comprendidos… y amados. Porque a veces el amor aparece en el lugar menos esperado. Y cuando lo hace, puede destruir todo lo que una persona creía conocer sobre sí misma. →♥← Obra registrada en Safe Creative. No se permite copia total o parcial.© Todos los derechos reservados.
Leer másSe bañó y buscó algo decente que vestir. Comenzaría a trabajar en una conocida cafetería y quería dar una buena impresión.
Analizó su imagen en el espejo roto del baño: el cabello prolijamente peinado, en su mirada había un brillo de seguridad en sí mismo.
Se dirigió a la cocina. No tenía mucho para desayunar: unas manzanas y cereales. Optó por la fruta. Terminó de comer y se calzó las zapatillas. Unas vans que en sus mejores días fueron negras, ahora eran de un color gris claro de tanto uso y lavado.
Apagó las luces y, con una pequeña sonrisa en los labios, salió de la casa. A medida que avanzaba por las calles, se seguía sorprendiendo por cómo iba cambiando el paisaje. Unas cuantas calles más y el cambio era abrumador. Por momentos sentía estar dentro de un espejismo, pero la realidad estaba allí, a simple vista.
~*~
El agotamiento era notorio. Prácticamente las piernas parecían querer fallarle en cualquier momento. Siguió, restándole importancia a los pinchazos que recibía uno de sus pies.
Divisó la cafetería y los nervios lo invadieron por completo. No sabía qué tipo de personas serían las que, a partir de hoy, tendría que tratar.
Llegó hasta la entrada y no vio a nadie. El lugar era lujoso y con clase. Luego de unos minutos escuchó murmullos y giró sobre sí mismo, viendo a un chico y una chica que no parecían mayores que él.
—¿Qué estás haciendo? ¿Perdiste algo, niño?
Laín frunció el ceño en torno al chico, quien lo miraba despectivamente y gesticulando una mueca de asco en su rostro.
—No estoy haciendo nada malo —respondió, manteniendo el contacto visual—. Solo estoy esperando a que abran. Trabajaré aquí a partir de hoy.
Vio de soslayo cómo la chica esbozaba una sonrisa y lentamente se acercaba a él.
—Hola. Soy Fernanda, mucho gusto —saludó ella.
Laín la miró fijamente a los ojos y dudó un segundo, observando la mano tendida que esperaba por la suya. Aceptó.
—Por cierto, nosotros trabajamos aquí. ¿Cómo te llamas?
—Igualmente —espetó y deshicieron el apretón de manos—. Soy Laín Rosales.
Una risita captó su atención y reprimió un suspiro. Percibió la mirada del chico recorrer su persona.
—Pues déjame decirte que no haces honor a tu apellido. —Laín bajó la mirada—. De rosas no tienes nada.
—Déjate de estupideces, Jacob —intervino Fernanda, quién le regaló una sonrisa genuina a Laín—. Bueno, como lo acabas de oír, este idiota de aquí es Jacob. No le prestes atención.
Laín asintió.
En el ínterin, mientras aguardaban a que abriera la cafetería, Fernanda lo puso al tanto del trabajo. Le explicó las diferentes normas que tenían todos los empleados, los lapsos de descansos, entre otras cosas.
A medida que pasaban los minutos, Laín se dio cuenta de que la chica, Fernanda, realmente era sincera y empática. Todo lo opuesto al chico.
Restó relevancia porque, para Laín, no importaba si sus ropas estuvieran viejas, no importaba si no calzaba unas zapatillas de marca. Podría estar usando ropas que se notaba a leguas el uso excedente, pero estaban limpias y sus zapatillas le permitían andar, aunque una de ellas tuviera un pequeño agujero en la suela.
Quitó todo tipo de pesadumbre y se concentró en lo que sería su nuevo empleo. Pese a que solo estaría en la cocina fregando los trastos, era un trabajo digno.
(…)
Terminó de vestirse, luciendo un traje gris marengo hecho a medida. Se acomodó la corbata y echó una mirada fugaz a su reflejo en el espejo de cuerpo completo.
Exhaló un suspiro y salió de la habitación.
Al llegar al comedor, dejó el maletín en una de las sillas y observó la mesa.
—No quiero nada de esto —imperó, señalando los diferentes platos de comida—. ¿Quién fue el responsable de preparar un desayuno para más de quince personas? —preguntó, mirando a las empleadas domésticas—. Desháganse de todo esto de inmediato, tirenlo a la basura. Solo quiero un café y tostadas.
Las empleadas acataron las órdenes, llevando las bandejas con comida de nuevo a la cocina.
Él ni siquiera les regaló otra mirada. Se sentó, bebió una taza de café y dejó que su máscara fría e indiferente se ajustara perfectamente en su rostro. Tenía el presentimiento de que sería un día muy ajetreado en la empresa…
Minutos después, salió de la casa.
Una empleada recogió la mesa, llevando la taza vacía y un plato con una tostada completa.
Conducir por la ciudad nocturna era algo nuevo. Detestaba el ajetreo durante los días de semana y empeoró cuando se percató de que por las noches —sobre todo teniendo en cuenta que era fin de semana— era peor. Cientos de personas pululaban libremente por las calles, algunos en pequeños grupos, otros en parejas y otros solitarios.—Un café. Te invito un café —espetó.Agradeció la luz roja del semáforo, permitiéndole tener unos segundos para mirar a Laín. Había sorpresa en el rostro, pero también dentro de Drazen porque, ¿qué había dicho? Bueno, las palabras solo escaparon de su boca y culpó al cansancio que acarreaba desde la dichosa fiesta de cumpleaños de su prima.—Gracias, pero debo volver a casa.Volvió la mirada al frente, ocultando la mueca en los labios.—Tengo que estudiar y... estoy contándote cosas que seguramente no son relevantes para ti. —Pero lo son para ti —comentó, pisando el acelerador—. ¿Qué estás estudiando?Qué hipócrita le resultaba indagar sobre un asunto que… b
Definitivamente algo no estaba bien. Se suponía que debía de estar en su casa, posiblemente en su cama y no conduciendo. Ni siquiera sabía por qué lo había hecho; solo salió de la casa de Fernanda, ingresó a la suya, dirigiéndose directo al garaje. Y ahora, a metros de la avenida principal, miles de dilemas nadaban en su cabeza. No encontró respuestas y eso le molestaba al punto de apretar los dientes hasta sentir dolor.Vio la parada de autobuses y buscó un lugar retirado para estacionar. Hizo caso omiso a la señal de tránsito que indicaba lo opuesto a lo que estaba haciendo. Apagó el motor del auto, soltó un sonoro suspiro. Su mirada recorrió el apeadero y lo vio. Observó detenidamente al chico sentado en la banca. Con la cabeza gacha, parecía perdido en sus pensamientos. Un espasmo viajó por su cuerpo; un eco irreconocible caló profundo en sus oídos. Una parte de él gritaba que se alejara por donde vino y la otra quería averiguar qué eran esas sensaciones confusas y sin nombre que
Había algo que lo incitaba a salir detrás de Laín, pero ¿qué? ¿Por qué? Bebió su cuarta copa de champagne, queriendo que el alcohol ayudara a borrar la imagen de Laín de su mente. Quizá si no hubiera hablado de manera tan demandante, la situación hubiera sido diferente y, aun así, no encontraba una explicación racional para la sensación que seguía creciendo dentro de él. —¿Dónde está? —Bufó por lo bajo al escuchar a su prima—. Te hice una pregunta, Drazen.—¿Quién? —preguntó—. Exprésate con más...—Hablo de Laín, ¿dónde está? —Arqueó una ceja, bajo la atenta mirada de su prima—. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Qué le dijiste? Drazen, te juro que si...—Ah, ese amigo tuyo —imperó con desdén y bebió el último sorbo de la bebida—. Se tuvo que ir. —Iré a buscarlo. —Drazen endureció sus facciones, su mirada fija en la de su prima—. Laín ha venido conmigo, ¿por qué lo dejaste ir?—Se fue en un taxi —se apresuró a decir—. No te preocupes, primita, ya debe de estar por llegar a la ciudad o donde sea
Fernanda no perdió la oportunidad, insistiendo para que asistiera a su cumpleaños. Laín no quería ir y la verdadera razón era porque allí pasó un mal momento.Pese a toda la negativa que Laín puso, terminó cediendo ante la petición de Fernanda.(...)Se sintió un don nadie mientras atravesaba el jardín junto a Fernanda. Se detuvo varias veces porque las personas se acercaban a su amiga para felicitarla por su cumpleaños.Laín escuchó un sinfín de halagos dirigidos a Fernanda y él deseaba huir. Si hubo algo que llamó su atención fue la falsedad en las palabras dichas de las personas para su amiga. ¿Así era el mundo de Fernanda? ¿De esa manera eran las personas de clase social alta? Laín no era un tonto para no darse cuenta de esos detalles y entonces, ¿por qué parecía que a Fernanda no le afectaba nada de eso? ¿Por qué Fernanda esbozaba sonrisas de felicidad cuando sus ojos demostraban lo contrario? Fue testigo de una faceta nueva de su amiga; esa parte ficticia de ella, Laín no conocí
Último capítulo