Sacó una manta de la mochila y la tendió sobre el césped, acomodó las viandas y se sentó en un extremo con las piernas tendidas. El día estaba radiante y Fernanda insistió para que hicieran un picnic, alegando que deberían aprovechar que ambos coincidieron en el día libre.—Aún no puedo creer, te lo digo en serio, Laín —comentó Fernanda, sentándose en el otro extremo de la manta—. Es decir, está tan cambiado. Como que tiene más vida, como que realmente vive.—¿De qué estás hablando? —preguntó—. O, mejor dicho, ¿de quién estás hablando?—De mi primo, de quién más —refutó ella.Oh… Laín desvió la mirada, concentrándose en las copas de los árboles. Sintió algo dentro de su pecho, pero tomó una bocanada de aire. El efecto duró apenas un suspiro. —¿Por qué lo dices? —preguntó, quitando la tapa de una de las viandas.—Nos llevamos bien, como una verdadera familia —alegó Fernanda, un poco pensativa—. Incluso me atrevo a decirte que hasta como amigos. Y todo comenzó hace un año, en mi fiesta
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