Después de asegurarme de que Mateo realmente estaba concentrado en sus cuadernos, cerré la puerta de su habitación con cuidado, procurando no hacer ruido, como si el más mínimo sonido pudiera romper la pequeña tranquilidad que había logrado construir para sí mismo. Mis pasos se alejaron lentamente del pasillo, pero dentro de mí quedaba una mezcla extraña: ligereza porque una preocupación se había calmado… y peso, porque aún me esperaba un mundo entero de cosas que no podía compartir con él.
El silencio de la casa me recibió en la sala de estar. Un silencio que no era pacífico, sino ese tipo de silencio que hace eco en la cabeza y amplifica todos los pensamientos. Me dejé caer en el sofá y respiré hondo, intentando mantenerme firme, intentando no dejar que mis emociones decidieran por mí.
Miré hacia el balcón. Necesitaba aire. Necesitaba algo que enfriara un poco la tormenta en mi pecho. Caminé despacio hacia afuera. La noche en Melbourne se extendía tranquila, con luces esparcidas por