Con el paso de los años, aquella región no solo se convirtió en un ejemplo ambiental, sino también en un punto de encuentro cultural donde las tradiciones se mezclaban con nuevas ideas. Las celebraciones comenzaron a girar en torno a la naturaleza: festivales del mar, rituales de agradecimiento a la tierra y eventos educativos donde la música, la danza y la ciencia convivían en armonía. Las calles se llenaban de tambores, risas y colores, mientras los niños corrían descalzos por la arena, aprendiendo desde pequeños que la belleza del mundo era frágil y debía cuidarse con amor.
En la plaza principal, cada mes se realizaban reuniones abiertas para que los habitantes pudieran expresar sus ideas, preocupaciones y sueños sobre el futuro del territorio. Allí se discutía de manera colectiva, con respeto y paciencia, buscando siempre el bienestar común. No se trataba solo de proteger el mar por obligación, sino de hacerlo por convicción, por afecto y por sentido de pertenencia. Poco a poco, l