El rumor comenzó como empiezan casi todas las cosas que importan: en silencio, sin que nadie lo declarara oficialmente. Un par de decisiones acertadas de Camila, dos proyectos bien ejecutados, una recomendación que se volvió cadena. Y de pronto, sin darse cuenta, su nombre empezó a circular en reuniones donde antes ni siquiera era invitada. No porque cargara el apellido adecuado, sino porque su trabajo hablaba por ella.
Eso, sin embargo, traía un peso distinto. La independencia no solo daba aire; también exigía fuerza. No había nadie detrás que asumiera culpas, ni que amortiguara caídas. La primera vez que un cliente dudó de su propuesta, no por falta de calidad sino porque querían negociar poder, Camila sintió ese temblor antiguo en el pecho. No era miedo de perderlo todo; era otra cosa. Era la conciencia de que, ahora, lo que arriesgaba sí le pertenecía.
—¿Y si no quieren seguir? —preguntó Sergio, sin intentar tranquilizarla de inmediato.
—Entonces no seguirán —respondió ella despué