76.

El silencio después de los golpes en el pasillo se volvió casi líquido, espeso, como si el aire de la habitación hubiera sido reemplazado por un océano inmóvil. Camila contuvo la respiración. Gavin no se movió al principio. Solo su mirada cambió: un destello afilado, calculador, como si su cerebro procesara diez escenarios por segundo.

Entonces, con un gesto casi imperceptible, levantó la mano para indicarle que no hiciera ruido.

Camila asintió, tragando la tensión que le apretaba la garganta.

Un tercer golpe resonó, más suave, como si alguien simplemente apoyara la palma contra la puerta.

—No abras —susurró Camila, apenas audible.

Gavin ya estaba de pie, silencioso, moviéndose con una precisión que la sorprendió incluso en aquel momento. Era un litigante brillante, sí, pero no había nada de abogado en su postura ahora: parecía un hombre acostumbrado a anticipar el peligro, no a discutirlo.

Camina hacia la puerta. Colocó la oreja contra el marco sin tocar el picaporte.

Un murmullo lle
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