Camila frunció el ceño, primero confundida, luego inquieta. Releyó el mensaje varias veces, buscando algún indicio que pudiera darle contexto. Nada. Una amenaza velada, un juicio, una presencia anónima que parecía saber algo que no debería.
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
¿Quién podía ser?
Guardó silencio unos segundos, su respiración suspendida.
El teléfono vibró de nuevo.
“No deberías confiar en Gavin. Él no es quien crees.”
Esta vez la sangre se le heló. Era una advertencia. O quizás una manipulación.
Camila se forzó a mantener la calma. Había personas obsesivas, malintencionadas, que enviaban mensajes sin más. Podía ser una broma, un error, alguien tratando de intimidarla. Pero algo dentro de ella –lo que algunos llamarían intuición, otros puro miedo– le dijo que no se trataba de un mensaje al azar.
Ese alguien sabía.
Sabía de Gavin.
Sabía de ella.
Y sabía algo más.
Camila tragó saliva y deslizó los dedos por la pantalla.
No respondió.
No quería dar poder a un desconoc