El día de la partida amaneció sin dramatismo.
No hubo lluvia que subrayara la escena, ni cielos grises que acompañaran la despedida. Por el contrario, la mañana se presentó clara, casi indiferente, como si el mundo siguiera su curso sin necesidad de detenerse ante decisiones humanas.
Camila se despertó antes de que sonara la alarma.
No por ansiedad.
Sino por una especie de lucidez temprana.
Sabía qué día era.
Y, aun así, no sintió la urgencia de llenarlo con significado.
Se levantó con calma, p