La mañana siguiente amaneció envuelta en un silencio suave, como si el mundo entero contuviera la respiración para no interrumpir lo que ocurría entre Gavin y Camila. El sol se infiltraba por las cortinas claras del pequeño apartamento de ella, pintando la habitación con reflejos dorados. Gavin despertó primero, aún medio perdido entre el sueño y la realidad, y lo primero que vio fue el perfil de Camila descansando a su lado, su respiración profunda, tranquila, con mechones oscuros desparramados por la almohada.
La observó así, sin prisas. No porque quisiera invadir su paz, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, sentía que pertenecía a un instante. Todo su pasado, lleno de movimientos precipitados, decisiones impulsivas y sentimientos que nunca terminó de comprender, parecía haberse detenido allí, justo al lado de ella.
Camila abrió los ojos lentamente, como si sintiera su mirada incluso desde el sueño.
—¿Cuánto tiempo llevas despierto? —preguntó con voz ronca, esa voz que él e