70.
La mañana siguiente amaneció envuelta en una serenidad que parecía tejida especialmente para ellos. Camila despertó lentamente, como si su cuerpo reconociera que estaba en un espacio seguro, en un hogar improvisedado por la presencia silenciosa de Gavin. Él ya estaba despierto, apoyado contra el cabecero, hojeando un libro viejo que había encontrado en la mesa de noche de ella.
—Buenos días —murmuró ella, su voz todavía adormilada.
Gavin sonrió al instante, como si solo hubiera estado esperando que ella abriera los ojos.
—Buenos días, amor.
Camila se estiró un poco, acercándose a él. La forma en la que él dejó el libro de inmediato para prestarle toda su atención hizo que su pecho se apretara con una calidez inesperada.
—¿Desde cuándo estás despierto? —preguntó ella, apoyando la cabeza sobre su hombro.
—Un rato —respondió—. Me gusta estar aquí cuando despiertas. Es como… ver nacer un día nuevo.
Ella rodó los ojos, aunque no pudo evitar sonreír.
—Dices cosas que me desarman demasiado t