66.

La noche transcurrió lenta para Camila. Después de que Gavin se marchara, permaneció sentada en el sofá, con las manos aún entrelazadas sobre el regazo, sintiendo el eco cálido del abrazo que habían compartido horas antes. No era un abrazo cualquiera; había sido un puente, una confesión silenciosa de que sus almas se estaban acercando despacio, con un cuidado casi sagrado.

Sus pensamientos volaban en círculos suaves. No había ansiedad, no había prisa. Solo una sensación profunda de anticipación tranquila, como cuando uno espera el amanecer sabiendo que, cuando llegue, será hermoso.

Se fue a dormir más tarde de lo habitual, abrazada a la almohada que aún retenía un leve rastro del perfume de Gavin que había quedado en su ropa cuando la sostuvo.

Estoy cayendo, pensó justo antes de cerrar los ojos.

Y no quiero frenar la caída.

A la mañana siguiente, Camila se despertó con una energía distinta. No era euforia ni nerviosismo. Era una calma que venía de saber que estaba caminando hacia algo
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