66.

La noche transcurrió lenta para Camila. Después de que Gavin se marchara, permaneció sentada en el sofá, con las manos aún entrelazadas sobre el regazo, sintiendo el eco cálido del abrazo que habían compartido horas antes. No era un abrazo cualquiera; había sido un puente, una confesión silenciosa de que sus almas se estaban acercando despacio, con un cuidado casi sagrado.

Sus pensamientos volaban en círculos suaves. No había ansiedad, no había prisa. Solo una sensación profunda de anticipación
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