La mañana siguiente amaneció con un cielo tan diáfano que parecía casi un presagio. Camila se despertó antes de que Mateo comenzara a moverse, con el corazón suave, pero agitado. Había algo distinto en el aire. Tal vez era la claridad que venía después de haber tomado tantas decisiones duras. Tal vez era Gavin, o la idea de él, cruzando océanos para estar a su lado, de manera irrevocable.
Mientras preparaba café, sintió el vibrar del teléfono. Era un mensaje temprano, demasiado temprano para alguien que llevaba días sin dormir bien y aún se recuperaba de heridas físicas y emocionales.
Gavin: Buongiorno, mi reina. Me han dado el alta. Hoy mismo empiezo a preparar mi traslado.
Camila sonrió. A él le gustaba mezclar idiomas cuando se sentía juguetón… o cuando quería desarmarla. Y siempre lo conseguía.
Le respondió con rapidez.
Camila: ¿Ya estás fuera de la habitación? ¿Qué tal amaneciste?
Segundos después entró una foto. Gavin, aún con la piel un poco pálida, pero sentado en una silla de