La noche siguiente, Camila pasó largo rato mirando el techo de su habitación. No podía dejar de recordar el abrazo de Gavin: cálido, firme, paciente, como si él supiera exactamente la mezcla de vulnerabilidad y fuerza que ella llevaba dentro. Y quizá sí lo sabía. O quizá la estaba aprendiendo a leer poco a poco, con una dedicación que la desarmaba.
No podía negar que algo dentro de ella había cambiado. Ya no era solo la simpatía prudente o el cariño tímido. Era algo más profundo, más peligroso