La noche siguiente, Camila pasó largo rato mirando el techo de su habitación. No podía dejar de recordar el abrazo de Gavin: cálido, firme, paciente, como si él supiera exactamente la mezcla de vulnerabilidad y fuerza que ella llevaba dentro. Y quizá sí lo sabía. O quizá la estaba aprendiendo a leer poco a poco, con una dedicación que la desarmaba.
No podía negar que algo dentro de ella había cambiado. Ya no era solo la simpatía prudente o el cariño tímido. Era algo más profundo, más peligroso y más hermoso. Algo que no quería ignorar.
Estoy empezando a enamorarme, pensó.
Y no me asusta tanto como creí.
A la mañana siguiente, cuando Camila abrió las cortinas, la luz entró con una suavidad parecida a la que sentía en su interior. Mientras preparaba el desayuno, revisó su teléfono casi sin darse cuenta.
Nada de Gavin aún.
Sintió una pequeña punzada. No de ansiedad, sino de expectativa dulce.
Pero justo cuando dejó la cuchara en la mesa, el teléfono vibró.
Gavin:
Buenos días, Cami. ¿Dorm