56.

La ciudad de Jakarta nos recibió con su calor denso, casi palpable, como si cada molécula de aire estuviera impregnada de historias antiguas y batallas aún no contadas. El ruido, las luces, los aromas familiares… todo parecía envolvernos al salir del aeropuerto. Pero lo único que realmente sentí fue la mano de Gavin rodeando la mía con firmeza.

Él caminaba a mi lado con el porte de un hombre que no solo estaba seguro de lo que hacía, sino que lo había decidido mucho antes de que yo misma lo entendiera. Mateo avanzaba unos pasos por delante, maravillado por la multitud, señalando cada cosa con la emoción vibrante de un niño que vuelve a un hogar que no recordaba pero que su sangre reconocía.

“Bienvenidos a la fortaleza,” dijo Gavin con una sonrisa ladeada mientras abría la puerta del SUV negro que nos esperaba.

Mateo subió primero. Yo lo seguí, deslizando la maleta hacia dentro.

Gavin se acomodó a mi lado y, justo antes de cerrar la puerta, murmuró algo que me hizo estremecer:

“Ahora e
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